Hoy está siendo, con diferencia, uno de los peores cumpleaños que recuerdo, quizá junto con aquéllos de cuando era pequeña, en los que todo lo que me dejaba el 6 de mayo eran gotas de lluvia en el cristal de la ventana y un silencio casi muerto. Tengo la imagen de una niña pecosa, con el pelo recogido en una coleta, mirando a través del cristal… viendo una calle mojada y gris, como ella misma, supongo.
Creo que hoy vuelvo a sentirme como aquélla niña, vuelvo a ser aquélla niña. Aunque ella, al menos, tenía la lluvia para acompañarse.
Tal vez sea que se me ha adelantado 5 años la crisis de los 40, o puede que, simplemente, haya amanecido con un mal día. En el fondo tampoco importa. Al fin y al cabo, sólo es un cumpleaños, qué más da que sea el mío.
El problema está en que, con los años, una se permite el lujo de tener algún que otro glorioso 6 de mayo, y claro, se llega a pensar que todo el monte es orégano y que siempre va a ser la cosa igual, con gente acordándose de ti, dándote achuchones y haciéndote regalos, aunque sean tan absurdos como un portalápices de cuero hecho a mano o un planisferio. Lo que cuenta es la intención, el detalle… y vaya si cuenta!
De todos modos, la cosa está en que siempre se me dieron mal los principios, TODOS los principios, desde los matemáticos a los artísticos, y cumplir años es, después de todo, un nuevo comienzo, no? Es el inicio de 365 días que jamás se volverán a repetir, para bien o para mal.
Confiemos en que a partir de ahora los comienzos se me den mejor…
